La Fiesta de San Bartolomé, celebrada el 24 y 25 de agosto, era la festividad más importante de Armejún y un momento de gran unidad y alegría para los habitantes y visitantes.
El 24 de agosto, la fiesta comenzaba temprano con la tradicional diana que recorría las calles, despertando a los vecinos y recordándoles la importancia del día. A las 10 de la mañana, se celebraba la Misa Mayor, una ceremonia solemne acompañada de música y, en muchas ocasiones, con la participación de varios sacerdotes. Asistir a esta misa era prácticamente una obligación para los vecinos, a excepción de quienes tenían causas mayores. Para asegurarse de que incluso los pastores pudieran acudir, se abría "el pago", un área de pasto que había sido vedada al ganado durante todo el año.
Tras la misa, la plaza del pueblo se llenaba de música y baile que continuaban hasta la hora de la comida. Los visitantes, aunque llegaran de fuera, nunca se sentían forasteros, ya que las familias del pueblo los acogían en sus casas, compartiendo con ellos su comida festiva. Por la tarde, se acudía nuevamente a la iglesia para cantar las vísperas, y al caer la noche, la plaza volvía a llenarse de vida con música y danzas populares.
El día finalizaba con una animada ronda, en la que los mozos y mozas recorrían el pueblo al son de cánticos y música tradicional, haciendo paradas en puntos emblemáticos como la puerta del "tío Canuto" y "el Revulcadero". La ronda culminaba en la Plaza Vieja, donde se bailaba la jota hasta altas horas de la noche.
Última procesión celebrada en honor a San Bartolomé (1965)
El 25 de agosto, el día comenzaba de manera similar con la diana, seguida a las ocho de la mañana por una misa de difuntos, a la que todos los vecinos debían asistir. El Mayordomo pasaba lista y aquellos que no acudían eran sancionados.
Después de la misa, los hombres del pueblo se reunían en la Casa Consistorial, desde donde, junto con el Mayordomo y el Ayuntamiento, acompañaban al Señor Cura a la iglesia con música para rezar oraciones en memoria de los difuntos, y especialmente de los fallecidos ese año. Luego se procedía a inscribir a los nuevos hermanos en el libro de la Hermandad.
Uno de los momentos más esperados era la comida de hermandad, exclusiva para los hombres, en la que se compartían carne asada, pan y vino. Mientras el vino era proporcionado por la Hermandad, cada uno traía su comida, con la excepción del Mayordomo, que debía proveer la parte correspondiente al alcalde, el secretario, el cura y los músicos.
Tras la comida, se celebraba una jota castellana bailada únicamente por los hombres, y al igual que el día anterior, la tarde continuaba con música y baile en la plaza. Los asistentes también disfrutaban de juegos tradicionales como el corro, acompañados por vecinos de pueblos cercanos, creando una atmósfera de convivencia y diversión.
El día concluía nuevamente con la ronda por el pueblo, cerrando así dos días de fiesta llenos de tradición y hermandad.